viernes, 6 de abril de 2012

Falleció Gustavo Roldán, considerado uno de los mayores autores de literatura infantil

Como docente de primaria , me toca muy de cerca la noticia. Unos años atrás, con mis alumnos de primero, recreamos en un acto "El día de las tortugas" , uno de sus cuentos, que aprecio especialmente. En él se destaca el valor que tiene ser uno mismo y el lugar importante que todos ocupamos en el mundo, celebrando la diferencia como enriquecedora.

Los nenes y nenas entendieron muy bien el mensaje, tanto que me hicieron la propuesta de reformar el cuento de acuerdo a lo que, pensaban y sentían, tenía más que ver con ellos. Así es como surgió una versión propia  con leones rockeros, elefantas cantantes y demás animales del club de fans,( todos creados por los mismos chicos, sin mi intevención) siempre respetando el espíritu del texto y llevando  intacto su mensaje.

Aquí reproduzco el texto original y una foto de aquel acto que siempre quedará en mi memoria y en mi corazón. Espero lo disfruten.
Silvina.



El tigre se miró en el río y se vio un bigote blanco, y pensó: -¿Será que me estoy poniendo viejo? Y se quedó haciendo dibujos en el suelo con la pata. Después de un rato rugió: -¡Esto no puede quedar así! Y se fue a charlar con otros animales. -Creo que podríamos vivir muchos años más -dijo-, y el secreto está en saber cuál es el se­creto.
-¡Yo sé, yo sé! -dijo el conejo- Para vivir mu­chos años no hay que correr conejos. Ese es el secreto: no correr conejos.
-¡Eso, eso! -dijo la vizcacha, que siempre se dejaba convencer-, no correr conejos.
-¡Mamboretá pirú! -gritó la pulga, pero justo en ese momento el león le puso la pata encima y no pudo seguir hablando.
-No y no -dijo el gorrión-. Yo oí decir que los elefantes viven muchos años. Hay que hacer como los elefantes. -¡Eso, eso! -gritó la vizcacha-. Hay que hacer como los elefantes.
-Claro que sí -dijo el conejo-, viven muchos años porque no andan corriendo conejos.
-¡Surubí guazú! -alcanzó a gritar la pulga que había conseguido asomarse bajo la pata del le­ón, pero el león se movió para un costado y otra vez le puso la pata encima.
 -¿Y cómo es un elefante? -preguntó el coatí. Pero nadie sabía cómo era un elefante. Nadie lo había visto nunca, salvo la pulga que había viajado con un circo y sí sabía, pero cada vez que lograba asomarse bajo la pata del león, el león se movía y otra vez quedaba abajo.
-No y no -dijo la iguana-. Los elefantes no existen, y yo tengo la solución. La tortuga vive más que todos. Hay que hacer como la tortuga.
 -¡Eso, eso! -gritó la vizcacha-. Hay que hacer como la tortuga.
-Claro que sí -dijo el conejo-. Hay que hacer como la tortuga, que vive muchos años porque nunca corre conejos.
Y ahí nomás cada uno se fue a buscar algo que le sirviera de caparazón. El tigre encontró una gran corteza de árbol. La víbora, un trozo de caña. La mariposa, un tronquito de eucaliptus. La liebre y la vizcacha se repartieron un coco mitad y mitad.
El león encontró un tronco hueco. El sapo, una cáscara de huevo. Todos encontraron algo que les servía. Todos menos la pulga.
Y así siguieron las cosas. Y no andaba mal, nadie se moría. Pero el mono no podía dar saltos en el aire; el coatí no podía trepar a los ár­boles; la paloma no podía volar; el tordo no po­día silbar. Porque ésas son cosas que no hacen las tortugas.
Los animales paseaban por el monte, y todo era una cáscara que se movía lentamente. Y el monte parecía dormido, sin rugidos, sin carre­ras, sin saltos, sin silbidos. Sólo un lento cami­nar de tortugas que se cruzaban en silencio, dispuestas a vivir muchos años.
Sólo la pulga, tic tic tic, se paseaba de un lado para el otro, aprovechando que el león no la po­día pisar.
-¡Curuzú cuatiá! -decía-. Mientras no encuen­tre una caparazón que me guste muchísimo, no me pongo nada. Y me parece que no voy a en­contrar ninguno.
Y tic tic tic, seguía saltando de aquí para allá, sobre el gran empedrado de caparazones.
El mono y el coatí se juntaban y caminaban despacito, como caminan las tortugas. Y casi ni miraban las ramas de los árboles, porque las tortugas no miran las ramas de los árboles. Y no daban saltos mortales ni corrían carreras, ni todo ese montón de cosas que era tan lindo hacer pero que no hacen las tortugas. Al final andaban un poco tristes. Una mañana el sol salió lleno de color, el cielo amaneció más azul que nunca y las flores mos­traban para todos lados su alegría.
El monito y el coatí se vieron desde lejos y co­menzaron a acercarse para pasear juntos, pero caminaban tan despacito que no llegaban nun­ca. Ya llevaban como dos horas caminando sin poder encontrarse cuando, tic tic tic, vieron a la pulga que saltaba sobre ese mundo de tortu­gas, divertida a más no poder.
No lo pensaron siquiera. Dieron un manotón a sus caparazones y la cara se les llenó de sol, y los suspiros que dieron hicieron un viento fresco que alborotó a las flores.
El monito dio siete saltos mortales, el coatí trepó a tres árboles seguidos, y un segundo después corrían juntos y se subían a los tron­cos y saltaban de rama en rama.
-No, no y no -dijo la vizcacha-. Yo quiero vi­vir muchísimos años muy tranquila.
Pero ya todos los animales habían visto a la pulga y el viento de suspiros se les había meti­do entre pelos y plumas, y hasta debajo del ca­parazón, y volaron cortezas y troncos huecos y cáscaras de huevos de un lado para el otro.

-No, no y no -dijo la vizcacha mirando para todos lados.

Pero ya no quedaba nadie con caparazón, y ella también empezó a sacárselo.
Y se oyeron silbidos y cantos y gritos, y hubo saltos y vuelos, y el monte se llenó de ruidos y movimientos.
De repente fue como si se le hubieran en­cendido todas las luces. El monte volvía a ser el monte.