lunes, 1 de noviembre de 2010

Los entierros de los Murilllas

Premio Especial de Monólogo Teatral Hiperbreve - Concurso Internacional de Microficción “Garzón Céspedes” 2008. (Enviado gentilmente por Francisco Garzón Céspedes para GrataPalabrA).


Autora: Marianela Alegre - Santa Fe - Argentina -

La actitud del actor es jocosa, el discurso es rápido haciéndose más lento hacia el final, el tono ácido, las frases entre paréntesis indican una acentuación del mismo.

HOMBRE:

Con los entierros los Murillas hacemos como con los casamientos, vamos todos aunque sepamos que vamos a llegar para cuando estén sellando el cajón, que es el momento más dramático.  Es que a nuestros muertos les gusta dejarnos a cada quien lo suyo.

Ni bien recibimos la noticia, trepamos a los automóviles y viajamos.  Como para el funeral de mi viejo, en el que además viajó él (sus cenizas, se entiende), en una cajita pesada, sobre el asiento del auto, escuchando putear a mi hermano por la neblina, pelear a mis sobrinos con mis hijos, viendo comerse las uñas a mi hermana, que se la pasó revoleando el permiso de circulación que nos dieron en el cementerio en cada caminera que cruzábamos (aunque nadie nos pedía nada) y lloriquear un poquito a mamá, como corresponde a toda viuda decente.

Como decía, viajamos todos por no llega tarde a la repartija, no de los campos, porque a los campos los perdió el bisabuelo Ramón por negarse a pagar los impuestos, sino del muerto, y es que, mientras todo ocurre: el desfile de amigos, vecinos, “sandwichitos” y colados, nos reímos de todas las que hizo el finado. Nos reímos tanto que se nos caen las lágrimas, es por eso que parece que lloramos, nos reímos, porque no somos muy amigos de las lamentaciones y además porque nos gusta poco llorar. Pero sobre todo, porque en nuestra familia los muertos tienen un compromiso con los vivos: el de repartirse entre los que quedan, y es el que aparentemente se fue el que nos hace reír, cuando se nos adentra despacito, para dejarnos alguno de esos gestos que se repiten una y otra vez en mi familia, alguna de esas frases que pasan de tías a sobrinas, esa manía de pasarse las manos por el flequillo o de tocarse las bolas a cada rato, que tuvo que venir a heredar mi hijo. De esa forma nuestros muertos se quedan vivitos y coleando en cada uno de nosotros, y al cementerio, sólo llevamos la caja sobre la que llora, de risa, también el finado.

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